Si nos remontamos a las políticas sobre discapacidad en la Argentina, lo vinculado a las personas con discapacidad pasó de ser una temática en la que el foco era la persona como portadora de alguna disfunción funcional a central el análisis en los derechos de esas personas.
Desde este enfoque, el reconocimiento de que lo que está en juego es el respeto por sus derechos como personas y ciudadanos, y el desafío de hacerlos realidad.
En este sentido, el lenguaje y la mirada cobran importancia a la hora de considerar al otro, en una sociedad solidaria y justa en oportunidades.
En este marco ¿qué valor le doy al otro, al momento de considerarlo parte de esta sociedad? ¿De qué manera incluyo al otro como consecuencia de mi mirada? ¿Cómo lo nombro? ¿Cómo lo miro? ¿Desde qué lugar lo miro?
Y a veces, la discapacidad molesta, sí, molesta y nos enfrenta a nuestras limitaciones, a nuestros temores, a enfrentarnos con lo diferente.
Sin dudas que el problema es de actitud y radica en lo social.
Naturalmente suele escucharse que las personas con disfunción funcional, son angelicales, valientes o guerreros. Como si su condición de “discapacitado” sin ser personas primero los transformara en eso, que a pesar de ser como les toco ser siguen adelante, son superhéroes, dicen algunos.
O leemos artículos con mayúscula, “Niña con síndrome de Down recibió la bandera”.
¿Y si reemplazamos su condición por su nombre? ¿El objetivo de la noticia sería el mismo?
Cuántas de estas afirmaciones escuchamos decir frente a personas con discapacidad.
Pareciera ser, que necesitamos remarcar siempre su condición para valorar más o menos sus logros y así construimos la mirada hacia ellos. Una mirada segmentada, cuando debiera ser integral. Pensamos alguna vez que miramos cuando miramos a alguien, qué representación construimos de esa persona.
Miramos y sacamos conclusiones.
Va en sillas de rueda: pobrecito.
Usa muletas: pobre, que trabajo caminar así.
Tiene síndrome de Down: un angelito.
Hace berrinches: y bueno, es autista.
Humaniza el ámbito de trabajo, nos da alegría, aprendes de él.
Que la discapacidad no sea fuente de inspiración para mejorar algo que no está bien, que sea inspiración de respeto por el otro, y que los derechos humanos vuelvan a cobrar valor más allá de la diversidad.
Si pudiéramos despegarnos tan solo por un momento de las diferencias y las ausencias y centráramos nuestras miradas en los valores, en las virtudes, en los sueños, que diferente sería nuestra actitud frente al otro.
Nos pusimos a pensar en lo que esa persona siente o quiere. Claramente no.
Solo miramos lo que no tiene, lo que le falta y elaboramos nuestra propias conclusiones, nuestras, solo nuestras, sin dejar lugar a lo que el otro tiene y valora, sueños, ilusiones.
Cómo me interpela el otro cuando lo miro, cómo me paro frente al otro y con el otro.
Las personas con discapacidad nos son personas extraordinarias que se nos cruzan para valorar lo que no tenemos, son personas con derechos, derechos muchas veces vulnerados por su condición, por quienes se sienten en condición de hacerlo por creerse superior, inmejorable, supremo, invisibilizando al otro, al desigual, al diverso, al inferior, logrando muchas veces que el otro perciba una sensación de desecho que experimentan en una sociedad acostumbrada a rotular, opinar, decidir.
Sin derechos no hay autonomía, no existe la capacidad de decisión, no existe la libertad.
Cambiar la actitud es nuestro compromiso, respetar la diversidad es nuestro deber.
Por Prof. Sandra Ferrero
Docente de Apoyo a la Inclusión